
Y unos metros más allá, como no podía ser de otra forma, la otra cara: un cartel de madera con letras bonitas, un árbol seco colocado en medio del agua ... ¡¡¡y un espacio pensado para selfies!!!
Turismo y postureo, en contraste directo con las manos curtidas del pescador.
Ahí queda eso. Una contradicción más.
Lo curioso es que ambos conviven en el mismo escenario: las estacas clavadas en el agua marcan las granjas de ostras que dan sustento a la comunidad, mientras los turistas buscan el ángulo perfecto para Instagram. La laguna es productiva antes que pintoresca, pero se ha convertido en escaparate accidental de la modernidad: sobrevivir y posar en el mismo metro cuadrado.







