domingo, 1 de febrero de 2026

Cho An Binh




Cho An Binh es un mercado urbano de proximidad situado en Can Tho, representativo del paso desde la economía fluvial a la economía terrestre cotidiana. A diferencia de los mercados flotantes del Mekong, aquí el intercambio se organiza sobre suelo firme, con puestos fijos y una clientela mayoritariamente local. Su función no es mayorista ni de redistribución regional: es abastecimiento diario.

El mercado articula una oferta orientada al consumo inmediato: Productos frescos (verdura, pescado, carne) con rotación diaria; comida preparada y puestos de cocina rápida para consumo en el momento; y pequeños artículos domésticos.

La operación es continua a lo largo del día, sin la compresión horaria extrema de los mercados fluviales. La logística es simple: entrada de producto por carretera o motocicleta, almacenamiento mínimo, venta directa. No hay códigos visuales complejos ni negociación a distancia; el precio y la relación vendedor–cliente son explícitos y estables.

Cho An Binh refleja una fase posterior del desarrollo de Can Tho.
Su consolidación está ligada a la expansión urbana y la mejora de infraestructuras viarias, con la consiguiente reducción de la dependencia del río como eje exclusivo del comercio.
No sustituye a los mercados flotantes por tradición, sino por eficiencia en un entorno urbano consolidado. Es el resultado natural de una ciudad que deja de organizarse alrededor del agua y pasa a hacerlo alrededor de calles y barrios.

De este modo, si Cai Rang explica cómo el río estructuró el comercio, Cho An Binh muestra qué ocurre cuando esa función se traslada a tierra.






















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Mercado flotante de Cai Rang



Cai Rang es el principal mercado flotante del área de Can Tho y uno de los últimos que conserva una función económica real en el delta del Mekong. Su origen se sitúa entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando la intensificación agrícola del delta exigió puntos de concentración mayorista accesibles exclusivamente por vía fluvial.
No nació como mercado local ni como espacio de venta directa al consumidor. Cai Rang operó —y en parte sigue operando— como mercado de primer intercambio: productores y pequeños intermediarios llegan en embarcaciones cargadas de fruta y verdura a granel; desde allí, la mercancía se redistribuye hacia canales secundarios, mercados terrestres o embarcaciones de mayor capacidad.
Funcionamiento
El mercado se activa antes del amanecer y concentra su actividad principal entre las 5:00 y las 8:00. Esta franja no es cultural ni turística: responde a restricciones físicas (temperatura, tráfico fluvial, tiempos de navegación) y a la necesidad de cerrar operaciones antes de que el calor y la actividad urbana alteren el sistema.
Cada embarcación funciona como unidad económica autónoma:
La carga define el rol del operador.

El mástil con el producto colgado actúa como identificador visual estándar, permitiendo clasificar oferta sin aproximación previa.
La negociación es directa, rápida y basada en volumen; no hay exhibición ni puesta en escena.

No existe una autoridad central ni una infraestructura fija. El orden emerge de reglas prácticas compartidas: distancias, prioridades de maniobra, códigos de aproximación y retirada. Es un sistema autoorganizado, estable mientras el volumen y el conocimiento colectivo lo sostienen.
Evolución y estado actual

Desde los años 1990, la expansión de carreteras, puentes y mercados terrestres ha reducido drásticamente el peso logístico de Cai Rang. Hoy:
El volumen es significativamente menor que hace tres o cuatro décadas.
La función mayorista persiste de forma residual, combinada con actividad orientada a visitantes.

El mercado se ha comprimido en espacio y tiempo, manteniendo la lógica operativa, pero no la escala original: Cai Rang no es una reconstrucción ni un decorado. Es un sistema en retirada, aún activo, que muestra cómo funcionó durante décadas una economía fluvial sin apoyo terrestre. Su valor no está en la postal, sino en que sigue siendo legible: quien observa con atención puede entender cómo el río organizó producción, transporte y comercio en el delta del Mekong.
Clave interpretativa





























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Song Can Tho

 

En Can Tho, el protagonista no es el mercado: es el río. El Mekong no actúa como telón de fondo, sino como infraestructura primaria. Define los ritmos horarios, condiciona los volúmenes, impone ventanas operativas y determina qué es viable y qué no. Antes de carreteras, almacenes o planificación urbana, el río ya resolvía transporte, acceso y distribución.
Durante décadas —en realidad, siglos— el Mekong funcionó como un sistema logístico completo: vía de entrada de insumos, canal de salida de producto, espacio de intercambio y lugar de negociación. La navegación fluvial no era una opción eficiente; era la única posible a escala. El resultado fue una economía diseñada “desde el agua”: embarcaciones como unidades económicas, horarios dictados por la luz y el calor, y reglas prácticas nacidas de la experiencia acumulada.
La épica aquí no es simbólica. Es operativa. Trabajar sobre el río implicaba asumir incertidumbre constante: caudal variable, colisiones, averías, pérdidas de carga, meteorología adversa. La fiabilidad del sistema no dependía de contratos ni de tecnología, sino de confianza repetida y conocimiento tácito del entorno. El Mekong no perdonaba errores, pero recompensaba la adaptación.
Incluso hoy, con infraestructuras terrestres consolidadas, el río sigue marcando una lógica distinta. No organiza el grueso de la economía, pero sigue siendo una plataforma activa, especialmente en las primeras horas del día. Es en ese margen temporal —cuando la ciudad aún no ha tomado el control— donde sobreviven los mercados flotantes como expresión directa de un orden fluvial previo.







sábado, 13 de diciembre de 2025

Cần Thơ




Las luces eran estridentes. Exageradas. «Un poco demasiado». Nada sutil. Tubos LED, colores saturados, reflejos que compiten entre sí sin pudor. El paseo nocturno entre el Love Bridge y la estatua de Ho Chi Minh no busca elegancia: busca presencia. Y la consigue a base de exceso.

Camino con el trípode abierto y la cámara preparada. Las luces me obligan a decidir rápido: o las rechazo o las acepto como son. Opto por lo segundo. Son muy fotogénicas precisamente porque no intentan gustar a todo el mundo. El río devuelve los colores deformados, el suelo brilla artificial, la noche pierde profundidad pero gana impacto. No hay penumbra: hay escenario.

En medio de ese despliegue, dos chicas se detienen. Me miran, sonríen, y me regalan una banderita de Vietnam. El contraste es casi cómico: gesto pequeño, íntimo, frente a una iluminación desmesurada, casi ruidosa. Supongo que el trípode llama demasiado la atención; aquí la normalidad es pasear, no montar una escena. Aun así, el gesto es limpio, sin interés. Me quedo con eso.




La estatua de Ho Chi Minh aparece bañada en luz dura. No hay misterio, no hay sombras heroicas. Es una presencia cotidiana, integrada en el paseo, iluminada como todo lo demás. Política sin solemnidad. Memoria expuesta, no elevada.
Sigo andando con la sensación de que Can Tho, de noche, no sabe retirarse a tiempo. Pero tampoco quiere hacerlo. Prefiere pasarse que quedarse corta. Y en fotografía, a veces, ese exceso es justo lo que hace que una imagen funcione.