Henjokoin (遍照光院) es un templo en el que uno se puede alojar durante la visita a Koya (reservas).
El lugar era alojamiento del emperador Shirakawa y en su interior, en la zona destinada a los rezos, se conservan interesantes tesoros que pueden ser contemplados durante y después del rezo, o el canto de sutras, matutino.
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Durante el viaje, esta parada fue una colección meta-realista de experiencias ... algo budistas y muy japonesas. Comenzando por una muy ligera, aunque variada - admitamoslo - cena vegetariana. Algo no del todo traumático, pero relativamente insatisfactorio para un carnívoro exhausto.
El segundo reto de la tarde-noche se llama "onsen", lo que viene a ser el peculiar y algo occidentalmente disruptivo "baño japonés". Y aunque uno había hecho los deberes y conocía la teoría, la práctica presenta matices con los que cuesta lidiar. Creo que el punto de máximo estrés es el miedo a la equivocación frente a la avalancha de normas, reglas y rituales varios. De hecho, por mucho que la desnudez entre monjes vegetarianos pudiera sugerir una batalla de hortalizas, lo que realmente me obsesionaba era dónde colocar la toalla. Superada la vergüenza, la torpeza y la parte higiénica, el verdadero reto estuvo en plantar las posaderas en la olla de agua hirviendo. Unos 40 grados Celsius, pero en ebullición - a efectos prácticos. Las pausas se imponen, so pena de lipotimia.
Debo confesar que disfrute poco - tanto sofoco no me causaba el mismo placer que a los monjes circundantes; pero ¿qué se le va a hacer?
El tercer reto tiene algo en común con la cazuela de vegetales donde dejé a los monjes macerándose: debe ser muy gratificante, pero, de buenas a primeras, sienta fatal. Dormir en el suelo duele. El poquísimo amortiguamiento que ofrece el escaso futón deja un inmisericorde y perdurable dolor de riñones que no se alivia fácilmente.
El cuarto reto es el madrugón. No de esos cotidianos, laboriosos y laborables, aunque madrugón al fin y al cabo. Pero éste, con premio: la oración, los rezos, los sutras, ... de los monjes.
El "Gion Corner" es un teatro en la ciudad japonesa de Kioto en el que se ofrece un espectáculo ... para turistas.
Que se trata de un espectáculo para turistas es absolutamente incuestionable.
Pero aun siendo para turistas, es un espectáculo muy respetable que cumple con un propósito específico, que le da todo su sentido y que voy a intentar aclarar.
Se trata de una cata, de un brevísimo repaso de las artes tradicionales, que no resulta ni burdo ni caricaturesco. Simplemente es breve, sucinto; necesariamente superficial, pero no banal (no es lo mismo): si la cultura tradicional japonesa llenase una enciclopedia, ésto sería el índice ilustrado de algunas de sus secciones. Nada más ¡Ojo! Ni nada menos. En suma: una invitación implícita y honesta a conocer cada una de estas disciplinas ... por separado, ... con el tiempo y la dedicación que cada una de ellas realmente demandan y merecen.
Con esta perspectiva, si se comprende de esta forma, el espectáculo es interesante ... "recomendable".
El espectáculo recorre la solemnidad de la ceremonia del Té; la delicadeza musical de Koto (un tipo de cítara); la meticulosidad del Ikebana (arte floral); el colorido del Gjánaku (la disciplina que aúna música y danza); la comicidad del Kyogen (el teatral entremés japonés); la cortesía preciosista y armoniosa del Kyomai (danza de Kioto ejecutada por Maikos - aprendices de Geisha); y la conmovedora humanidad del Bunraku, el teatro de títeres.
Breve, intenso, ... "muy bueno: recomendable".
礼拝
✣ Casi los llevo a rastras, no por el lugar, sino por la hora. Después de comer, con un calor asfixiante, dónde estaríamos mejor que viendo una muestra de los diferentes artes japoneses: la ceremonia del té, una demostración de arte floral (Ikebana), teatro de marionetas, el gagaku, el bunraku y, finalmente, el kyomai, una danza de Kioto efectuada por dos jóvenes maiko. Las Maiko son aprendizas de geisha. ¡Qué infinita tristeza! ¡Qué mirada perdida! [...] ✣ Masako-san, la guía, nos había comentado que en ocasiones se le habían quejado de que el espectáculo es muy para “giris”. Estábamos en el barrio de Gion y lo que queríamos era ver a Geishas. Ya no sabes lo que son. El término geisha deriva de dos caracteres knji: “gei” (arte) y sha (persona). Cuando las ves encima del escenario o cuando ves a chicas japonesas con el kimono, imitándolas por el barrio de Gion, no puedes más que reflexionar sobre el rol de la mujer en nuestra sociedad, en la actualidad y a lo largo de la historia. Se podría hacer un tratado de filosofía y de sociología. Tan amada y tan odiada. Tan ornamental y tan necesaria para la vida. ✣ ¡Qué incongruencias! ✣ Y ahí, estábamos nosotros: intentando conocer un poquito más a la cultura japonesa, con Mar medio dormida - sufriendo los secuelas del ”Jet Lag”.
Cuando me documentaba para el viaje a Florencia (VI2015) llegue por casualidad (entiéndase también "tenacidad", más allá de la décima opción de Google) a la web de Lee Sandstead en la que me encontré con un breve ensayo sobre el significado del David de Miguel Ángel.
Mi comprensión de lo que ahí leí condicionó en gran medida y para bien tanto mi expectativa como la contemplación luego de la celebérrima escultura. Sandstead toma, como punto de partida de su reflexión, el bien conocido significado del Renacimiento: la aceptación de que la mente del hombre sería capaz de comprender el universo. Lejos de ser un alma torturada atrapada en una deforme prisión corporal, el hombre fue contemplado como racional, bello y heroico - acreedor de la felicidad y capaz de los más altos logros ... como David, capaz de derrotar a un gigante con su audacia y habilidad.
Sandstead sugiere la pervivencia del evocador atractivo de ese ser humano magnífico - vigoroso, saludable, bello, racional, capaz. Una visión profundamente conmovedor para quienes participamos de esa comprensión del sentido de la vida.
Lo que me trastoca es la contundencia de Sandstead cuando afirma que esta visión renacentista ha quedado casi por completo relegada de la manifestación del arte actual. La intelectualidad parece rendida de nuevo a una visión de un hombre corrupto, atrapado en un universo incomprensible y alejado del control de su propio destino. Creo que entiendo y seguramente también comparto esta suerte de contradicción; y de ahí, toda la carga simbólica que no puedo ni quiero disociar de la contemplación de esta escultura.
El David se exhibió por primera vez un 8 de agosto, el del año 1504 - una fecha que me resulta también familiar. Miguel Angel inició el encargo del David con 26 años e invirtió 18 meses en su talla, trabajando sin ayuda alguna y lejos de miradas indiscretas.
Su David es una verdadera celebración de la condición humana.
Con la cantidad de gente que se agolpa dentro de la Galería de la Academia lo más eficaz es capturar el David desde cierta distancia. Por fortuna, el excelente óptica del 70-200 y su estabilizador me pusieron las cosas fáciles. Aunque solo hubiera servido para resolver esta situación, ya habría merecido la pena acarrearlo por toda la Toscana.
Está a punto de dar comienzo la cuarta y última etapa de la vuelta a Pamplona. Los corredores se remansan en la plaza del ayuntamiento, a la espera de que el reloj marque el inicio de la etapa. Aficionados, curiosos y, por si fuera poco, turistas y algún que otro ciclo-peregrino despistado.
Los primeros metros de la carrera - neutralizada - discurrirán por la calle de Santo Domingo: una cuesta amable, lugar idóneo para que el pelotón gane velocidad pero se mantenga compacto.
Tomar alguna imagen de la línea de salida resultaba poco menos que imposible. Demasiado curioso. Demasido móvil con pretensiones de cámara. Demasiada cámara, directamente, sin pretensiones.
Pero, he ahí la oportunidad.
Bajando por la calle de San Saturnino, se llega a un pequeño pasaje que conecta con Santo Domingo. Relaciones secretas entre santos que ayudan al fotógrafo bienintencionado. Y como resultas del pequeño rodeo, me encuentro en medio de la pendiente, sin nadie que me moleste, ni valla que me proteja sobre la exigua acera. Escasos segundos para el inicio de la carrera. Los coches de la organización ya circulan. No hay tiempo para cambios de objetivo. Lástima porque el 17-40 ... habría podido ser espectacular.
La opción para mi era obvia. No es la primera vez que intento fotografiar bicicletas a alta velocidad, con baja velocidad de obturación (este es quizás el origen de todos mis intentos). Me gusta. Creo que es la epítome del movimiento.
Se me ocurren paralelismos necesarios.
Los dos con su "casco"; con su máquina amarrada entre las manos. Incluso los dos enfocados en la misma dirección: paralelismos necesarios.