Entrar en Giảng fue pasar de la solemnidad ritual del templo a la sencillez viva de una cafetería que parece haber sabido mantener su espíritu original, con receta, quiero pensar, más o menos intacta y atmósfera casera. El interior, modesto y auténtico, en un callejón del Viejo Barrio, cobija unas mesas bajas y una escalera que lleva a una sala algo más amplia donde cada sorbo es ya memoria colectiva.
El café termina sirviendo como punto de encuentro: el grupo, que ya ha compartido historia, piedras y lluvia, afianza vínculos entre cucharas, risas y esa espuma densa que pide a gritos ser degustada con calma. Este café con huevo, este tiramisú en taza al que recuerda, se presenta humeante, dentro de un cuenco con agua caliente para mantenerlo a punto —mecanismo funcional y simbólico que añade liturgia al acto mismo de beber. El brebaje favorece la conversación y los pequeños gestos; nacen así los “compañeros de viaje”, en lugares inesperados y en sorbos compartidos.







