
Después de Ta Prohm regresamos a una arquitectura completamente distinta.
Desaparecen durante un rato los corredores invadidos por raíces y la sensación de templo atrapado por la selva. Estamos ahora en Angkor Thom, delante del antiguo recinto del Palacio Real, en uno de los grandes espacios ceremoniales de la ciudad.
Aquí la arquitectura vuelve a abrirse. Frente al palacio se extendía una enorme plaza y, formando su límite occidental, dos terrazas consecutivas: al norte, la Terraza del Rey Leproso; inmediatamente después, la larga Terraza de los Elefantes.
Más que monumentos aislados, ambas formaban parte del escenario desde el que el poder real se mostraba ante la ciudad.
Comenzamos en el extremo norte, en la Terraza del Rey Leproso.
A primera vista cuesta incluso entender su forma. Muros parcialmente desmontados, bloques dispersos y superficies completamente cubiertas de esculturas producen una arquitectura muy distinta de la claridad geométrica que habíamos encontrado en Angkor Wat.
Pero aquí existe además una particularidad.
Parte de lo que vemos perteneció a un muro interior que quedó oculto tras la construcción de una segunda fachada. Ese espacio entre ambos muros ha permitido conservar uno de los conjuntos escultóricos más densos de Angkor.
Las figuras aparecen organizadas en registros superpuestos.
Personajes sentados, divinidades, seres mitológicos y rostros se suceden prácticamente sin dejar piedra libre. Algunas figuras emergen claramente del muro; otras empiezan a confundirse con la vegetación, los líquenes y la propia erosión de la arenisca.
La acumulación tiene algo casi abrumador.
Desde unos metros de distancia vemos centenares de figuras.
Cuando nos acercamos, empiezan a aparecer individuos.
Y entonces todo se reduce a un rostro.
Después de siglos de lluvia, humedad y crecimiento vegetal, los rasgos continúan siendo perfectamente reconocibles.
Es uno de esos detalles que modifican la percepción del conjunto. Desde lejos vemos ruinas; desde esta distancia vuelve a aparecer el trabajo de quien talló la piedra.
En otros sectores la conservación permite leer escenas completas.
Las figuras principales ocupan el centro mientras personajes menores se distribuyen alrededor, integrados en una decoración que continúa de bloque en bloque.
La construcción y la escultura prácticamente dejan de ser cosas diferentes.
Y sobre esta terraza aparece el personaje que acabaría dándole su nombre moderno.
La figura que hoy encontramos aquí es una reproducción; la escultura original se conserva en Phnom Penh.
Su identidad continúa siendo discutida. El nombre procede de una interpretación tradicional relacionada con el aspecto deteriorado de la estatua y con antiguas leyendas sobre reyes afectados por la lepra, aunque también se ha relacionado la figura con Yama, divinidad vinculada a la muerte y al mundo de los muertos.
Sea quien sea realmente, su nombre terminó identificando toda la terraza.
Desde aquí basta avanzar unos metros hacia el sur para que el lenguaje cambie otra vez.
Los elefantes aparecen primero en los relieves.
Filas de animales, algunos acompañados por sus conductores, recorren la gran fachada de la terraza. No son una decoración aislada. Forman parte de un programa mucho mayor relacionado con procesiones, caza, corte y representación del poder.
La terraza se extiende durante más de trescientos metros frente a la gran plaza.
Desde ella los reyes de Angkor podían presidir ceremonias y contemplar los actos que se desarrollaban delante del Palacio Real.
En algunos puntos los elefantes abandonan el relieve plano y aparecen prácticamente convertidos en arquitectura.
Las grandes cabezas y trompas sobresalen de la fachada y soportan visualmente la plataforma superior.
Es probablemente la imagen que mejor explica la función monumental del conjunto.
Aquí ya no estamos ante un templo concebido principalmente para ser recorrido hacia el interior. Estamos ante una fachada pública, construida para ser vista desde la enorme explanada que se abre delante.
Y precisamente por eso merece la pena hacer algo muy sencillo.
Darse la vuelta.
Frente a las terrazas aparecen las torres de Prasat Suor Prat.
Son doce estructuras dispuestas en línea a lo largo del lado oriental de la Plaza Real.
Su función original no está completamente aclarada. Diferentes interpretaciones las han relacionado con ceremonias, representaciones o incluso con los procedimientos judiciales descritos posteriormente por cronistas, aunque ninguna explicación resulta definitiva.
Aquí, sin embargo, cumplen una función inmediata mucho más clara.
Nos permiten entender la escala del lugar.
Entre aquellas torres y las terrazas se extendía uno de los grandes espacios abiertos de Angkor Thom.
Las fotografías anteriores dejan entonces de representar dos monumentos independientes. Empiezan a formar parte de una misma composición urbana.
Y detrás, el Palacio Real
Hasta ahora hemos mirado desde el palacio hacia la plaza.
Solo falta girarnos una vez más.
Detrás de la Terraza de los Elefantes se encuentra este acceso monumental.
Es la gopura oriental del recinto del Palacio Real, su principal entrada desde la gran plaza.
El eje resulta especialmente revelador.
Hacia un lado se abría la explanada ceremonial, con las torres de Prasat Suor Prat al fondo.
Hacia el otro comenzaba el espacio reservado de la residencia real.
Y entre ambos estaban las terrazas.
Después de recorrerlas así resulta más fácil comprender su verdadera función. Los elefantes, las procesiones y las interminables filas de personajes esculpidos formaban parte de algo mayor: la fachada pública del poder de Angkor Thom.
En Angkor Wat habíamos terminado alejándonos para comprender el edificio completo. En Ta Prohm tuvimos que acercarnos para descubrir cómo la selva había entrado en la arquitectura.
Aquí ocurre otra cosa.
Hay que mirar alrededor.
Porque lo importante no es únicamente lo que tenemos delante.
Es el espacio que relaciona todas las piezas.







