
Hasta ese momento habíamos estado demasiado cerca del edificio. Muros, columnas, relieves, corredores y cambios de nivel fragmentaban continuamente la percepción del conjunto. Al encaminarnos hacia el oeste, la distancia empezó a devolverle su escala.
La salida permite mirar de nuevo las largas galerías exteriores que habíamos atravesado. Desde aquí se entiende mucho mejor su desarrollo horizontal y la enorme plataforma sobre la que se organiza el templo.
Y también empiezan a aparecer esas fotografías que solo son posibles cuando uno deja de estar pendiente de llegar a algún sitio. El templo continúa detrás, pero el recorrido ya ha cambiado de ritmo.
Seguimos hacia el oeste.
La gran calzada aparece entonces en toda su longitud. Es una de las imágenes que mejor explica Angkor Wat: una composición rigurosamente axial en la que arquitectura, paisaje y recorrido forman parte del mismo proyecto.
Desde este punto también se percibe algo que las fotografías frontales suelen ocultar. El santuario central constituye solamente una parte de un recinto mucho mayor.
Bibliotecas, galerías, plataformas y edificios secundarios ocupan el espacio situado frente al templo principal. Algunos parecen pequeños únicamente porque detrás de ellos se encuentra una arquitectura de una escala extraordinaria.
Al rodearlos aparece además uno de los recursos fotográficos más agradecidos de Angkor: utilizar su propia arquitectura para mirar hacia el santuario.
Las puertas y columnas se convierten en sucesivos planos. Al fondo, casi perfectamente encuadradas, reaparecen las torres.
Aquí la escala humana vuelve a resultar útil. La monumentalidad de Angkor Wat no depende solo de la altura de sus torres. Está también en el espesor de las plataformas, en la dimensión de los pórticos y en la distancia que separa unas partes del conjunto de otras.
Quizá sea desde estos edificios laterales desde donde mejor se entiende esa superposición. Primer plano, columnas, vegetación y, mucho más atrás, el santuario central. Todo pertenece al mismo recinto.
Nos quedamos un rato allí antes de continuar. Habíamos pasado buena parte de la visita intentando mirar hacia dentro; ahora el interés estaba precisamente en hacer lo contrario.
Sin personas, el encuadre se vuelve casi puramente arquitectónico. Las columnas del edificio cercano dividen la imagen mientras las tres torres occidentales aparecen entre ellas. Angkor Wat visto a través de Angkor Wat.
Continuamos alejándonos.
Y entonces el templo empezó a parecerse a la imagen que todos tenemos en la cabeza antes de conocerlo.
La fachada occidental ya se presenta como una composición completa. Las tres torres visibles dominan el centro, las galerías se extienden lateralmente y las palmeras introducen la escala vertical del paisaje.
Todavía quedaba un último paso.
Atravesamos el espacio situado frente al templo y llegamos a los estanques occidentales.
Aquí sí aparece finalmente la imagen clásica de Angkor Wat: el santuario reflejado sobre el agua.
Podría parecer extraño haber reservado precisamente esta vista para el final. A nosotros nos ocurrió de forma natural porque habíamos entrado por el lado contrario. Y creo que terminó siendo una buena manera de conocer el templo.
La postal llegó después del edificio.
Cuando finalmente vimos Angkor Wat desde el oeste, ya habíamos caminado por sus galerías, subido sus escaleras, atravesado sus patios y observado sus torres desde prácticamente debajo de ellas. Aquella silueta ya no era solamente reconocible.
Sabíamos lo que había detrás.










