
Dentro de Angkor Wat dejas de recorrer el templo y empiezas, simplemente, a dejarte arrastrar por él.
Un vendaval de piedra, galerías, relieves, escaleras, sombras y perspectivas que se encadenan unas con otras hasta convertir el recorrido en una especie de vorágine fotográfica. Cada giro abre una composición distinta; cada patio reorganiza la escala; cada rincón parece reclamar una imagen antes de desaparecer detrás del siguiente.
Es un lugar inabarcable. No porque falten puntos de vista, sino porque sobran.
Seguramente necesitaría semanas para poner cierto orden en mi cabeza allí dentro. Una semana en cada estación, una semana en cada mes, regresar con otra luz, otra humedad, otro cielo, otra hora. Y aun así, probablemente, seguiría apareciendo algo nuevo.
Quizá esa sea una de las cosas que más impresiona de Angkor Wat: la sensación de que, por mucho que mires, nunca terminas de verlo.




















