Durante décadas —en realidad, siglos— el Mekong funcionó como un sistema logístico completo: vía de entrada de insumos, canal de salida de producto, espacio de intercambio y lugar de negociación. La navegación fluvial no era una opción eficiente; era la única posible a escala. El resultado fue una economía diseñada “desde el agua”: embarcaciones como unidades económicas, horarios dictados por la luz y el calor, y reglas prácticas nacidas de la experiencia acumulada.
La épica aquí no es simbólica. Es operativa. Trabajar sobre el río implicaba asumir incertidumbre constante: caudal variable, colisiones, averías, pérdidas de carga, meteorología adversa. La fiabilidad del sistema no dependía de contratos ni de tecnología, sino de confianza repetida y conocimiento tácito del entorno. El Mekong no perdonaba errores, pero recompensaba la adaptación.
Incluso hoy, con infraestructuras terrestres consolidadas, el río sigue marcando una lógica distinta. No organiza el grueso de la economía, pero sigue siendo una plataforma activa, especialmente en las primeras horas del día. Es en ese margen temporal —cuando la ciudad aún no ha tomado el control— donde sobreviven los mercados flotantes como expresión directa de un orden fluvial previo.




