
Cruzamos el Mekong y ya estamos dentro del mercado antes de pisarlo. Desde la barca, Vĩnh Long se presenta como una franja funcional: edificios apretados, el puente tensando el horizonte y una línea de puestos pegados al río como si no hubiera frontera entre agua y comercio. El río baja espeso, marrón, sin prisa. Nadie lo contempla. Se usa.
En la barca el tiempo se comprime. Chalecos naranjas, madera caliente, una brisa mínima que engaña. El coco frío en el suelo es más herramienta que capricho. El cruce no es turístico; es un tramo del día laboral. Pienso en lo obvio y lo olvidado: aquí la movilidad es un derecho práctico, no un debate ideológico. Cuando el transporte funciona, nadie escribe papers.
Desembarcamos y el Chợ Vĩnh Long me absorbe sin ceremonia. El mercado ocupa la calle y la calle acepta. Motos avanzan despacio entre cestas de fruta; una familia entera sobre un asiento, el niño al frente mirando serio. No hay conflicto, hay negociación continua. La fruta está ordenada por colores y por estación, con precios escritos a mano en cartón. Nada es decorativo. Todo rota.
Nos detenemos ante los puestos largos: pitahaya, rambután, cítricos verdes aún ásperos. El suelo húmedo no molesta; es señal de que el sistema sigue limpio y vivo. Las vendedoras esperan sentadas, observando, sin invadir. Aquí vender no es persuadir: es estar cuando hace falta. Economía de proximidad real, sin etiquetas.




