Ciudad Prohibida

Leona guardiana ante la Puerta de la Suprema Armonía.

A pesar de las intensas conversaciones diplomáticas entre la Embajada Española y las más altas autoridades políticas chinas, finalmente no fue posible cerrar la Ciudad Prohibida al público durante nuestra visita. Este desafortunado contratiempo nos permitió sin embargo conocer a una buena parte de los 1.500 millones de chinos, que parecieron querer acudir al recinto palaciego para darnos una calurosa y sentida bienvenida ... a empujones.


La Ciudad Prohibida, con 72.000 metros cuadrados (un rectángulo de 961m x 753m), 980 edificios y 9.999 míticas estancias (parece ser que alguna menos), era el antiguo corazón de la ciudad amurallada de Beijing. Desde el punto de vista urbanístico, su huella condiciona el corazón de la actual Beijing, amplificada por la anexa Plaza de Tiananmen, con la que linda al sur. Fue construida entre el 1406 y el 1420 por el emperador Yongle y, como no podría ser de otra forma, está declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1987.



El conjunto palaciego de la Ciudad Prohibida está rodeado por un foso (con agua) y una muralla de casi 8 metros de altura. Entrando por su eje norte-sur (nosotros lo hicimos por la puerta sur, desde la Plaza de Tiananmen), nos vamos encontrando una sucesión de puertas y espacios de grandes dimensiones e imperial solemnidad. Por desgracia, la avalancha de visitantes (mayoritariamente locales) dificulta el disfrute de la ubicación. De hecho, dificulta cruzar las puertas; dificulta encontrar las muy necesarias sombra disponibles para descansar; dificulta hasta respirar; ... pero sobre todo dificulta hacer una sola fotografía dónde no aparezca un turista.


Después de atravesar la Puerta Sur se accede a un amplio patio/plaza recorrido por un río/foso interior (el Río de Agua Dorada) que se franquea cruzando cualquiera de los cinco puentes en paralelo dispuestos para ello. En mi opinión, gracias precisamente a los puentes, uno de los espacios más bellos y complejos del entramado. Al fondo del patio se divisa la Puerta de la Suprema Armonía.


Puerta de la Suprema Armonía vista desde la Puerta Sur, con los puentes en primer término.
Detalle de uno de los puentes con vistas a los pabellones laterales de la primera plaza.
Una escalinata nos acerca a la Puerta de la Suprema Armonía, después de cruzar uno de los puentes.

Al franquear la Puerta de la Suprema Armonía se tiene acceso visual a un patio aun más amplio, al final del cual se encuentra, sobre un complejo montículo de escalinatas, el Salón de la Suprema Armonía. La plaza, diáfana a diferencia de la anterior, es más basta y, de algún modo, relativiza el tamaño de los edificios a los que nos acercamos progresivamente.


Salón de la Suprema Armonía visto desde el eje central de la puerta de la puerta homónima.
Salón de la Suprema Armonía desde la base de la rampa y escaleras anexas que dan acceso.

Adentrándonos más en el complejo palaciego llegamos al Palacio de la Pureza Celestial, un bello y proporcionado edificio de dos aleros, edificado sobre una contundente terraza de mármol de un solo nivel. Casi colindante con este, el Salón de la Unión tiene una llamativa configuración de planta cuadrara y cubierta piramidal; el salón acoge sellos imperiales y objetos ceremoniales.


Palacio de la Pureza Celestial.
Trono del Palacio de la Pureza Celestial.
Salón de la Unión, colindante con el Palacio de la Pureza Celestial.
Conjunto de salones y palacios aledaños.
Los aleros de los tejados decorados por hileras de figuras encabezadas por un hombre a lomos de un fénix.
Salida por el norte, a través de la Puerta de la Divina Armonía.
Un último vistazo a la Torre de la esquina Noreste, detrás de la muralla y del foso. Y con la Beijing moderna de fondo.