domingo, 30 de noviembre de 2025

El Mekong




El Mekong no es un río: es una respiración. Desde la borda, el agua parece avanzar con la lentitud de quien no tiene prisa, como si llevara siglos repitiendo el mismo trayecto. Durante la travesía, el aire se volvió denso, mezcla de humedad, fruta madura y gasóleo viejo. Entrar en sus canales fue como cruzar a otro mundo: la línea del horizonte desapareció y, de pronto, el agua se abrió en decenas de brazos que serpentean entre aldeas flotantes, redes tendidas, casas de madera suspendidas sobre pilotes y niños que saludan desde embarcaciones imposibles.




No hay silencio, pero tampoco ruido: solo el murmullo constante del agua golpeando las quillas, los motores de fondo, las voces que se mezclan con el zumbido de los insectos. Todo es cercano, vital, funcional. No hay turismo aquí, solo rutina sobre agua.

En el delta, el Mekong ya no es un cauce: es una red donde la gente vive, trabaja y sobrevive. Y uno entiende —sin necesidad de que nadie lo explique— que este río no separa, sino que une. Que más allá de su geografía hay una lección política y humana: la de convivir con lo inestable, de aceptar que el movimiento continuo también es una forma de estabilidad.