Lhasa ... bienvenido a otro planeta




La llegada a Lhasa, en el corazón del Tibet, tiene algo de experiencia cosmonáutica.
Una de Star Trek, cuando la tripulación desciende (¡Scotty, transporte para tres!) en un planeta desconocido, en el que se encuentra con una raza antropomórfica (excepto por los consabidos apéndices de látex) y se desarrolla una historia espacial con un trasfondo coetáneo. 

La primera experiencia del viajero espacial es la necesidad de una aclimatación: para los que parten del mediterráneo, en Lhasa, a 3.650 metros de altura, hay menos de un 70% del oxígeno con el que cuentan habitualmente. Y se nota. Vaya si se nota. El ascenso en tren, más gradual, suele propiciar una transición más relajada. No parece suceder lo mismo para quienes llegan en avión.

Se sugiere que el viajero se toma la tarde de su arribo con cierta tranquilidad, que descanse; que no coma demasiado; que no beba alcohol; que no se duche si siente mareos o dolor de cabeza: La pesadilla de un hipocondríaco. Así las cosas, a los 15 minutos de estar acostados nos dimos una ducha y salimos a la calle, a pasear (cargado con mis 10kg de equipo fotográfico) y a comer algo, que el hambre glotona es lo que tiene: que no se sacia. 
En mi experiencia, el te local (con leche de Yak) me resultó definitivamente revitalizador. También es verdad que me tomé cinco o seis tazas, lo que sugiere que podría ir más dopado que reconfortado.





En Lhasa resulta muy llamativa la continua manifestación de un tradicionalismo superviviente, (medio)actualizado, capaz de combinar las viejas formas, las viejas costumbres, con las nuevas modas e, incluso, con las imposiciones omnipresentes de China. Una realidad decididamente anacrónica y contradictoria, en la que se entremezclan humildes peregrinos Tibetanos con elitistas turistas chinos; carnicerías sin refrigeración, que inundan las callejuelas con el calor orgánico residual de los despieces del día, con restaurantes y hoteles para los foráneos; ropajes tradicionales de los mayores, con una juventud "subida" a una modernidad motorizada y occidentalizada.



Lhase es una realidad compleja. Un "puerto espacial" transformado por la obcecada "terraformación" china y abierto a nuevas culturas, que con nuestro minoritario grano de arena, no hacemos más que abocar algo más de confusión al mejunje del lugar. Fuertemente subvencionados, el gobierno Chino parece haber asumido que el "grifo" del dinero amansa las aspiraciones territorialistas, de modo que el yuan acorrala el Budismo. No se intuye que las nuevas generaciones estén por seguir girando las ruedas de los rezos.
La que fuera una ciudad prohibida para los occidentales va camino de convertirse en un parque temático del budismo para regocijo de una China descreída.

Como complemento a todo esto, una lectura muy recomendable.
















Mar en Lhasa.